La tranquilidad de la noche deja sentirse,
como dentro de un conjunto de ondas densas
donde lo exterior queda tan lejano.
Se enaltecen las ganas, se adormecen las ansias
y queda el puro deseo de ser teóricamente
sin existir prácticamente.
Adentrarse en las peligrosas aguas oscuras
donde se nutren las ideas más extrañas
y emerger, contradictoriamente, iluminado.
Satisfacer cada pizca sulfurada de deseo
como quien alimenta un sueño.
Y tratar de no desistir ante el inexorable final.
En medio de este trance y letanía,
aparecen fugaces imágenes de algo que fue,
pero que ya no tenía.
Se entremezclan extravagantes aromas
de situaciones perdidas
en el baile de lo que no es.
Y explotan lágrimas sin sentido
que nacieron disfrazadas de sonrisas
cuando la situación lo requería.
Justo en el clímax, paradójicamente,
la quietud gobierna con mano impía
a los estados más agitados.
La emoción se subleva, los sentimientos se amontonan,
los pensamientos se aglomeran y las fuerzas envalentonan.
Un estado ídilico se alcanza, y sin embargo, algo se pierde…
E, impresionado ante la epifanía del momento,
bajo los brazos, calmo la respiración, enfoco la mirada
en esa imagen tuya que domina el instante…
Diego
