Una melodía ligera y brillante suena tenuemente, unos pasos bailarines se dejan oír por el suelo
con su bella gracia, su infinito andar y voltereta. Un cuarto oscuro repleto de muñecos, títeres, y figurines humanoides llenando las paredes, oscureciendo la luz con sus eternas miradas fijas, sus sonrisas pétreas. Es un mundo lleno de alegría disimulada y ficción realística, es el sueño del infante y la pesadilla del sapiente, esta fantasía llena de sonrisas frías y manos pequeñas y cristalinas; brillantes pieles duras cubriendo sus redondos rostros, tiernos y espeluznantes.
El eco de una sonrisa que con el tiempo se ha hecho fútil se deja sentir en la vibración del espacio, de los estantes, y del cuerpo, impactando atenazante en los escondrijos de nuestra mente, las llanuras de nuestro corazón.
Es una risa triste el marco inolvidable que dibuja su cara, unos ojos satíricos y melancólicos son el reflejo de un mejor tiempo, mejor vida. Camina y baila mientras recorre pasillos llenos de figuras inanimadas, siempre felices en su férrea y tangible muerte; su mundo falto de calor. Tan grácil y tan ligero, levita entre sueños e ideas, deseos y quimeras: fuego que nace del hielo, materia que se edifica con vacios.
Detrás de su ventana observa al mundo en su frenetismo, en su rutina y su mutismo. Hace años que guarda su dulce celibato de guardián incansable, resguardando el amor que se construye sobre precipicios y abismos, esperando paciente la epifanía de un amorío imposible.
Entre las sombras, la luz restante impacta vehemente sobre el oleo trazado con sutiles y sublimes líneas: un rostro pintado tan pletórico de alegría, contraste que equilibra con el lúgubre cuarto.
Nadie nunca lo tomo en serio. En su secreto, golpeado por las palabras, herido por las lejanías, estigmatizado por las bufas, el Arlequín guarda celoso el único sentimiento real que ha tenido.
Aunque naciera de un instante, aunque naciera de una mirada rauda de enamorado en ferviente anhelo, quedo inmortalizado para siempre en su interior.
En medio de sus sombras la venera, la ama y la recuerda. Fuera de ese cuarto ya no existe, nadie la nombra, nadie la ha visto. Nadie sabe que en su lecho de muerte, la bella mujer remembro al único que la amo pletóricamente, y ahogada en lagrimas moribundas, maldice al destino por haberlo abandonado.
Nadie lo toma en serio, nadie lo recuerda tampoco. El vive con su sonrisa triste, sus ojos faltos de sátira y fuerza siempre miran hacia dentro, donde ella todavía vive, donde ella todavía sonríe.
Su vida ya no importa, la gente se burla pero ya no lo nota. Su vida para siempre enclaustrada en ese cuarto donde la conoció, donde la vio partir. Cuando falta el amor, el recuerdo es el único dolor que vale la pena sufrir, solía decir el Arlequín en memoria de un amor frustrado, de un romance inexistente, y el más loable y puro que haya existido.
Solo queda la melodía remanente, sus pasos danzantes desafiando a la muerte. Su cuerpo menudo guarda intacta su alma, todavía baila y todavía sonríe, aunque cada vez más triste…

Arquieta

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