Muevo incesante mis brazos entre un concierto de rostros ajenos,
mis ojos extraviando mi mirada en lunas múltiples y volátiles,
dulce cosquilleo recorre mi columna cuando las flamas del infierno
ansían devorar mi ser. Floto entre tardes de estío y sonrisas ecuménicas.
Mi pelo ondeando en un viento tan denso como el mar, cerúleo y cristalino.
Y vagabundeo entre letras pluriformes y amistades consolidadas;
nota a nota retumbando mi pensar entre bajeos y solos,
acostumbrándose mi retina al infinito vibrar del oleo cuando decae,
entre lagrimas ígneas y roturas imperturbables. Tan rápido sucede.
Duermo sin descansar y grito afónico; corro con frenesí, intentando perder
a los estigmas que eclosionan entre mis venas, entre mi sentir.
Ah! Si supieran, ustedes entre todos los terceros, que esto es inhumano.
Se condensa mi melancolía y se evapora mi risa y se esfuma durante la ausencia.
Parare, allá donde las sombras han hecho un hogar.
Donde las heridas no se abren entre pieles curvilíneas.
Donde el destino muere y el azar dicta sentencia.
Donde vuelan colibríes entre flores y volteretas.
Donde el sol entibia al céfiro, que caricia mi masacrada piel.
Y muevo incesantemente mis brazos, en medio del caos y las rocas,
pugnando por un leve resquicio de vida entre la soledad.

Arquieta

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