Y va y viene, atenazante,
con su ligero palpitar,
y hiere con daga flameante
mi armónico suspirar.

Musa de mis ideas,
marinera de mi vivir,
y cae un rayo donde sea
con su estruendo sin fin,

que espanta la tranquilidad
que nace de su pelo al viento,
y me flagelo con continuidad
por tenerla un momento,

y que sea mía, solo mía,
en un instante celeste
de cantos y dementes,
donde nace la alegoría.

Arquieta

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