Silentemente tengo un amor
que propugna por un espacio.
Tengo un amor con destinatario,
que teme cuando no encuentra sus manos.

Silente, como las miradas,
que dicen todo sin decir nada.
Callado, casi oprimido,
pero exaltado.

Deseando, anhelando,
con la fuerza de las mareas,
que golpean incesamente a las rocas
en un afán eterno de hacer sucumbir
a la tierra.

Y el paraje se oscurece,
y el suelo se resquebraja.
El pasto lleno del rocío de la mañana
se me antoja imposible sin tí.

Y lejanos, los árboles silvan uniformemente.
Donde ya no alcanza el llanto a oírse,
donde las manos dejan de ser manos
y el buitre se alza glorioso sin carroña.

Allá, pasado el interregno de la medianía,
sin sonidos de helicópteros, sin glorias reprimidas,
tengo un amor intacto.
Enamorado de tus ojos grandes, tus sueños de infarto.

Alegrado ante la osadía,
de ser tu presencia una odisea.
Paladín abnegado que vive buscando la muerte
para así sentirse un poquito más vivo.

La claridad de la luna cobija, sin embargo,
los sueños de los que se van acabando.
Y sus huellas quedan en la arena,
ligeras, borrosas. Extraviadas.
Esa arena donde se pierden los sueños
del que no sabe ganar perdiendo.

Suelta los brazos y enarca tu sonrisa.
Súbete a este barco, lleno de travesías,
que no te haré daño.
Amada mía, el dulce y la flor pueden parecer poca cosa
comparadas con este amor.

Las estrellas titilan. Los vientos se calman.
Los árboles silvan en la noche clara.
A lo lejos, alguien canta.
Hay amores, amor mío, que se esperan toda la vida…
y amores que se esperan todavía.

Arquieta

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