Nadie comprende la desgracia que esconde un verso herido,
aquella llena de besos rotos y de “te amo” perdidos.
No se puede disimular con un gesto gentil
la bofetada sempiterna de la despedida.

Desfila con esa gracia épica
de mil relatos y leyendas.
Y yo voy desvaneciéndome
en los espacios de sus pasos.

En los revoltijos de su pelo.
En las caricias del sol sobre su piel.
En las paredes de la ciudad
que van soñando con tocarla.

En el intervalo de un parpadeo
asoma una mueca llena de dolor.
Es en el arte de lo efímero
donde la desgracia no tiene maestría.

Y nuestra distancia se solidifica.
Se llena de mares bravíos,
de sueños cansados,
de recuerdos vacíos.

Y nuestra ausencia edifica
laberintos interminables,
oportunidades vencidas,
manos olvidables.

Me sumerjo en su aroma,
y soy sólo un sueño.
Soy sólo una idea.
Un instante…

Arquieta

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