En una noche solitaria
quise adentrarme a la parte más oscura,
con algo de alma libertaria
quería contemplar lo contrario a la altura.

En esa tierra de malignos
quería sufrir sobre mi piel,
tal vez sin destino,
tal vez sin fe.

¿De qué sirve caminar siempre
sobre senderos iluminados?
¿De qué sirve estar sólo entre
glorias divididas y pensamientos unificados?

Me separé de todo lo mío,
y quedé desnudo.
Sentía nuevamente el frío
que me golpeaba mudo.

Me miraban todos desde lejos,
de manera divertida.
Aunque algunos decían perplejos:
“Hay quienes no viven la vida”

Me adentré denodado en la bruma
donde el suelo parecía de carbón.
Y las dudas subían dentro mío como espuma,
ahogándome la razón.

De repente, veo algún contorno:
árboles putrefactos sosteniendo el cielo.
En este país todo se va sin posible retorno,
pero solamente se alejan por el suelo.

Ríos turbios y burbujeantes,
¿habré visto algo más amenazante?
Aquí toda vida dura sólo un instante,
y todo eco latente se hace asonante.

Y de la nada, llega cierto aroma,
vago como un sueño.
Dudando, mi vista se asoma,
arañando en lo incierto.

Rodeada de negrura y silencio,
está una flor erguida.
¿Será esto mentira, o será cierto?
¡Ay, pobre de mi razón perdida!

No se desvanece, sin embargo.
Y me acerco y alrededor me siento,
y viéndola me aletargo.
¿Hay algo que cautive más un sentimiento?

Dejó de importar toda la bruma,
los ríos pérfidos y el suelo de carbón.
Olvidé todo miedo y toda duda;
olvidé todo peso en el corazón.

Arquieta

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