Siempre he soñado con ser escritor. Con dominar el artificio del verso, ya sea libre o métrico. De preferencia ambos. De poder transmitir, ya sea con rima o sin ella, un sentimiento claro y definido, pero que mantenga una ambigüedad lo suficientemente elocuente como para durar años y traspasar fronteras. Detrás de tanta verborrea, se iban conjugando los “hubieras” con el ayer, y de futuro me iban quedando las migajas que no me comía en mi silencio. Este silencio que suena. Este silencio de frases que se sueltan pero que ya no se agarran.
¿De qué sirve hablar y no ser entendido? No es el idioma el enemigo, sino la estupidez hiperrevolucionada. Esos premios sociales al que desperdicie su vida de mayor manera. ¿Qué más da? La vida es una ramera.

Soñaba con ser escritor para comunicarme con aquellas personas invisibles, que se disfrazan por la calle de transeúntes que no volverás a ver. De personas desconocidas que sin haber llegado se van, y de aquellas que siempre se están yendo pero nunca lo hacen. De gentes que hablan en este lenguaje figurado de sentimientos e ideas, y no en aquel donde lo único que se hace es compartir pragmatismos cotidianos sobre el futbol, el drama televisivo y la mierda recurrente disfrazada de novedad en movimientos que tienen mucho de manipulación y nada de criterio.

Ser escritor para hacerme entender, aunque tal vez ya hubiese pasado a la inexistencia. Por este afán ridiculizado de no poder vivir enteramente solo, de la misma manera imposible en que es vivir acompañado. Para ser rescatado de este naufragio donde no se me permite morir, pero tampoco escapar. Trato de crear un farol con las palabras; una barca con las estrofas que no me llevan nunca a ningún lugar.
El mejor amigo ante la adversidad es un libro, dice Fernando Delgadillo en una de sus canciones. Triste es saberse más unido a personajes de ficción que a entidades reales de carne y hueso. Lo cierto es que no busco algo tangible, sino hasta un simple maniquí bastaría, pero tampoco se busca una idea con presentación rectangular y sustancia orgánica aplastada. Pero es normal, si uno cavila lo suficiente, se da cuenta que cada escritor -y no sé si incluirme- elabora sus personajes de la manera que un bailarín elabora sus pasos: buscando que cada uno sea perfecto, ha ser posible, más perfecto que el anterior. En las vidas ficticias se plasman las vidas que se quisieron vivir, y en las acciones de la trama se pone lo que el autor hubiera querido hacer y no pudo, porque le faltó la sabiduría y el tiempo que se tiene frente a la hoja en blanco.

Seguiré perdiéndome en las letras, en un país que las desprecia. Inspirándome en ellas, aunque sean igual de incomprendidas que yo. Tal vez uno termina adquiriendo las características de su oficio. Tal vez…
Tal vez un día llegue a ser uno con ellas, como el pasto con el rocío; las estrellas con la tierra; o la soledad y el olvido…

Arquieta

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